Grecia Pérez Calderón
Introducción
El caso de la cancelación de un mural de la artista mexicana María Izquierdo en 1945 encontró eco en una nueva generación de mujeres, quienes lo rescataron en 2021 –76 años después– como un acto de memoria, justicia y protesta en el marco del movimiento feminista contemporáneo. El proyecto llevó por nombre “El mural que debió ser” y por su dimensión plástica y política puede considerarse un ejemplo de artivismo feminista. (Fig. 1)
Para ofrecer contexto histórico, analizo las características del proyecto mural original, las razones de su cancelación y su relación con los obstáculos históricos que han enfrentado las mujeres artistas. Para abordar el rescate contemporáneo en “El mural que debió ser” analizo planteamientos del arte feminista, las características del artivismo y las implicaciones de trabajar desde la sororidad y la colectividad.
El mural que debió ser, el mural que fue.
En 1945, Javier Rojo Gómez, jefe del departamento del entonces Distrito Federal, comisionó a la artista María Izquierdo (Jalisco, 1902 – Ciudad de México, 1955) la realización de un proyecto mural en el Palacio del Ayuntamiento de la capital del país. Izquierdo realizó varios bocetos para las pinturas murales que estarían distribuidas en dicho palacio. El tema era “El progreso de la Ciudad de México”.
Con asistentes contratados, andamios montados y todo listo para iniciar con los murales, repentinamente fue informada de la cancelación del proyecto (Fig. 2). Izquierdo señaló como responsables a los muralistas Rivera, Orozco y Siqueiros, quienes declararon que ella no estaba capacitada para pintar al fresco y por lo tanto, no era capaz de ejecutar el proyecto mural. (Fig. 3).
En 2021 la historiadora feminista Karen Cordero abordó el caso en una conferencia. Al conocer sobre la cancelación del mural, la curadora Dea López y la artista Cassandra Sumano, dos jóvenes estudiantes de arte contemporáneo, no pudieron contener la indignación y decidieron hacer algo al respecto.
Dea López y Cassandra Sumano se convirtieron en las gestoras de “El mural que debió ser” (2021) un proyecto artístico independiente realizado en el marco de las manifestaciones del 8 de marzo de 2021, Día Internacional de la Mujer. Por medio de las redes sociales convocaron a más de 130 mujeres y pintaron de forma colectiva un mural a partir de uno de los bocetos de María Izquierdo en el barrio de Jalatlaco, Oaxaca. El encuentro para pintar el mural se convirtió en un espacio de protesta, de diálogo y de vinculación comunitaria entre mujeres de la ciudad de Oaxaca. Por estas razones es posible ubicar este proyecto como un ejemplo de artivismo.
El artivismo implica “creaciones que buscan cambiar las estructuras de poder más allá de la pura representación o descripción (…) implica empoderar a individuos y a comunidades. Para lograr su objetivo, tiene lugar en el espacio público e involucra directamente a la comunidad en la creación” .
En específico, estamos hablando de un artivismo feminista. Por una parte, surgió como una forma de memoria y justicia hacia María Izquierdo, una mujer artista agraviada por las estructuras patriarcales. Por otra parte, las mujeres de la actualidad que asistieron reconocen que han experimentado violencia de género y crearon una red para hacerle frente.
La cancelación del mural de María Izquierdo
Para 1945, año en que se encargó a María Izquierdo la comisión del Palacio del Ayuntamiento, ella era una artista consolidada. Su trabajo había sido expuesto en ciudades como Nueva York (The Art Center, 1930), París (Galerie van den Berg, 1937) y Lima (Instituto Cultural Peruano Norteamericano, 1944). Además, era profesora en la Escuela de Pintura y Escultura, la actual Escuela Nacional de Pintura Escultura y Grabado “La Esmeralda”.
Aunque existen antecedentes de mujeres muralistas desde la década de 1930 – como Marion Greenwood o Aurora Reyes– los sitios geográficos y espacios que pintaron no tenían la relevancia política de la comisión encargada a María Izquierdo. A Izquierdo se le ofreció el Palacio del Ayuntamiento, un edificio sede de gobierno en el centro de la Ciudad de México (Fig. 4). Hasta ese momento, ese tipo de comisiones únicamente las habían recibido hombres muralistas. Por ejemplo Diego Rivera en Palacio Nacional, (1935) y José Clemente Orozco en el Palacio de Gobierno en Guadalajara (1936-39).
Los estudios que realizó Izquierdo para la comisión muestran en su mayoría a mujeres como protagonistas, ya sea como alegorías (Fig. 5), como representantes de la ciudad contemporánea (Fig. 6). o como las encargadas de realizar trabajos en primer plano. Representó un retrato de su tiempo donde la participación de mujeres en el espacio público aumentaba paulatinamente. También fue un comentario sobre la importancia de las mujeres como artífices del progreso en su época, como agentes activas en la vida política, social y cultural.
Además, al presentarlas como protagonistas, María Izquierdo estaba ampliando el repertorio de imágenes en el muralismo sobre las mujeres del pueblo mexicano. Tradicionalmente se les había representado como madres, adelitas y campesinas. Sin embargo, estas nuevas figuras femeninas no llegaron a ocupar los muros del Palacio del Ayuntamiento.
Ante la cancelación de la comisión, María Izquierdo no se quedó callada. Denunció en prensa el bloqueo de su trabajo y dejó clara su preocupación por el hecho de que la Comisión de Pintura Mural estuviera conformada solo por Rivera, Orozco y Siqueiros. En 1947, en un artículo publicado en el periódico El Nacional declaró:
“No podemos hacer ahora obra mural, pero nos quedan mil maneras y mil sitios para decir nuestro mensaje, para mantener viva, renovada y espléndida la tradición plástica de México. Ineludiblemente, una severa revisión posterior de verdadera crítica y no de simple apedreo entre colegas pondrá cada cosa en su lugar y sancionará con un juicio implacable a Diego, a Orozco y a Siqueiros”
Del boceto original a la intervención del muro
Entre los varios bocetos que Izquierdo realizó para el proyecto mural, las gestoras eligieron uno que contiene dos escenas, una rural y otra urbana para representar el progreso de la Ciudad de México. (Fig. 7) Del lado izquierdo, en el campo, la protagonista es una mujer que desgrana con sus manos una mazorca. Se encuentra rodeada de dos niñas y un niño. Al fondo, se observa un cuexcomate para almacenar el maíz desgranado.
Del lado derecho, en la ciudad, las protagonistas son dos mujeres. Una de ellas introduce una mazorca a una máquina desgranadora de maíz, la otra recoge los granos. Detrás de las mujeres de la máquina se observa a un científico que experimenta y a dos ingenieros que planifican.
Estas dos escenas expresan la idea de modernidad vigente en el siglo XX, donde se le atribuye a las máquinas, la ciencia y la técnica el potencial para generar progreso y bienestar. Este sería un tema abordado por otros colegas suyos, como Diego Rivera en “El hombre controlador del universo” (1934). Además, el tema se encuentra en sintonía con el periodo de industrialización que experimentó el país y que se aceleró durante la década de los años cincuenta.
(Fig. 8) En “El mural que debió ser” en Oaxaca, se decidió que todos los personajes fueran mujeres y se incluyó vegetación característica de la región. Del lado izquierdo es posible observar un pochote, árbol milenario de la zona de Juchitán.
Mujeres artistas y obstáculos institucionales
Lo que vivió María Izquierdo es expresión de los obstáculos institucionales que las mujeres artistas han tenido que sortear a lo largo de los siglos. En el artículo pionero del análisis feminista de la historia del arte ¿Por qué no han existido grandes mujeres artistas? (1971), la historiadora Linda Nochlin expone cómo la exclusión sistemática de las mujeres del espacio público generó una historia donde las características de la grandeza y la jerarquía de temas en el arte fueron definidas por hombres.
María Izquierdo desarrolló un lenguaje pictórico íntimo y vanguardista con retratos de su círculo familiar, autorretratos y bodegones con objetos de la tradición popular mexicana. Es importante señalar que las mujeres artistas a lo largo de la historia trabajaron principalmente con retratos, autorretratos y bodegones. Esto se debió a la falta de acceso a las academias de arte y a las restricciones para estudiar dibujo anatómico. El dibujo anatómico era la base para la pintura histórica, el género reconocido por la academia como el más importante. Solo los hombres artistas recibían el entrenamiento completo.
Fue hasta la década de 1860 donde las academias de arte alrededor del mundo admitieron a mujeres como estudiantes. Esto ocurrió tres siglos después de la fundación de las primeras academias de arte en Europa. Además, fue hasta finales del siglo XIX, donde las academias admitieron mujeres como estudiantes en clases de dibujo anatómico con hombres como modelos. En México, esto ocurrió durante los primeros años del siglo XX.
Cuando María Izquierdo ingresó a la Academia de San Carlos en 1927, las mujeres llevaban poco tiempo siendo admitidas como alumnas y su presencia era escasa. De forma gradual, década tras década, el número de mujeres artistas aumentó. En 1960 en la Escuela Nacional de Artes Plásticas –ahora Facultad de Artes y Diseño– la mujeres conformaban el 10.6% de la matrícula, en 1990 conformaban en 52.3% y en 2015 el 68.4% .
El hecho de que históricamente el espacio público hubiera estado dominado por hombres y las mujeres hubieran sido relegadas al espacio privado también tiene su expresión en el arte. Esta desigualdad histórica explica porque el muralismo mexicano estuvo también protagonizado por hombres y por qué los principales muros de las instituciones fueron ocupados por ellos.
Es importante destacar que incluso con todos estos obstáculos estructurales, cuando una institución le otorgó la oportunidad, Izquierdo no tuvo problema en conceptualizar y desarrollar un tema relacionado con la esfera pública tal como “El progreso de la Ciudad de México”.
Arte feminista y artivismo
La segunda ola de los movimientos feministas entre las décadas de 1960 y 1970 propició el surgimiento de un arte feminista donde diversas creadoras cuestionaron el canon patriarcal de la historia del arte, la forma en que se había representado el cuerpo femenino y la invisibilización de mujeres artistas. Estas acciones han contribuido a generar nuevas referentes y a promover un panorama más completo y complejo de la historia.
Dentro de las obras que han abordado este eje de trabajo encontramos Some living american artists (1972) de Mary Edelson; The Dinner Party (1974-9) de Judy Chicago; Pintura: Genealogías en femenino (2015) de Inda Sáenz; Queridas viejas (2019) de María Gimeno, entre otras.
De forma paralela a esta revisión crítica de la historia y sus símbolos, las creadoras también han generado expresiones artísticas en el contexto de protestas para hacer frente a la violencia de género y para demandar su derecho a un aborto libre, gratuito y seguro. Como ejemplo se encuentra la serie de carteles Denuncia (1979) de Ana Barreto y La Corona (1979) del colectivo conformado por Lilia Lucido, Ana Victoria Jiménez y otras.
En el caso específico de México, la artista Mónica Mayer apunta que en los setentas las prácticas artísticas estaban integradas a las manifestaciones y que esto “jamás se menciona en la historia del arte mexicano y difícilmente en la del feminismo”. En las protestas feministas de la actualidad también encontramos expresiones artísticas.
El artivismo es un concepto que resulta de utilidad para pensar las expresiones artísticas que buscan de forma directa un cambio social y que muchas veces ocurren en el marco de protestas. El antropólogo Paulo Raposo define al artivismo como:
“un neologismo todavía con consenso inestable, tanto en el campo de las ciencias sociales como en el campo de las artes. Apela a las conexiones entre arte y política. Estimula los posibles destinos del arte como acto de resistencia y subversión. Se puede encontrar en intervenciones sociales y políticas, producidas por individuos o grupos, a través de estrategias poéticas y performativas.
Su naturaleza estética y simbólica amplifica, sensibiliza, refleja y cuestiona situaciones en un determinado contexto histórico y social, apuntando al cambio o a la resistencia. El artivismo se consolida así como causa y reivindicación social y a la vez como ruptura artística al proponer escenarios alternativos de disfrute, participación y creación”.
De acuerdo con el artista Rui Mourao, el concepto se acuñó durante la primera década del siglo XXI en círculos artísticos y académicos en Estados Unidos. Además de las expresiones artísticas tradicionales, en el artivismo se pueden integrar prácticas contemporáneas como el happening, la instalación, el ready made o el performance.
“El mural que debió ser” trabajó con las estrategias de visibilización y memoria del arte feminista y con las estrategias del artivismo. La gran convocatoria que tuvieron para el proyecto respondió al contexto más amplio de manifestaciones masivas contra la violencia machista que se han llevado a cabo en nuestro país. En el contexto de la pandemia en 2021, la pinta de este mural representó un espacio seguro y una alternativa para seguir con la protesta en medio de la crisis sanitaria.
Más allá de pintar el mural: sororidad y trabajo colectivo
Una vez que se contó con el muro adecuado, con la lista de materiales necesarios y con el cronograma de actividades, se lanzó la convocatoria en el marco de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer en 2021.
La convocatoria en sí misma articulaba un poderoso mensaje. Presentó el caso de María Izquierdo así: “Este dibujo es un boceto de María Izquierdo para un mural que debería estar en el Palacio de Gobierno. María sería la primera mujer comisionada a un proyecto mural tan importante, abriéndonos nuevos espacios a mujeres artistas y rompiendo con el monopolio de autoría masculina. Sin embargo, este mural fue cancelado en 1945 por el machismo de muralistas como Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, quienes la consideran ‘incapaz y con nula experiencia’ ”.
Uno de los objetivos de las gestoras era involucrar a mujeres más allá del mundo del arte. Por lo tanto, al tener consciencia de que el problemas de discriminación contra las mujeres es estructural y apelando a la empatía se incluyó la pregunta “¿Has estado en la postura de María Izquierdo?” seguida de una invitación: “Reconstruyamos la historia”.
Las mujeres del sector artístico respondieron con casos de sexismo en el campo profesional donde son tratadas con condescendencia y prejuicios por parte de colegas hombres. También respondieron abogadas, ingenieras, deportistas, científicas y doctoras quienes declararon que se sentían identificadas con el caso de María Izquierdo. En alguna ocasión el trabajo de ellas también había sido minimizado.
La convocatoria reunió a más de 130 mujeres de entre 15 y 30 años. Ellas aportaron materiales y su trabajo. Muchas personas más se sumaron por medio de donaciones en efectivo y en especie con lo cual se consiguió pintura, andamios y alimentos. En total, el proyecto se realizó en 5 días.
“El mural que debió ser” se posiciona como un proyecto colectivo. Reconoce que fue posible gracias a una red afectiva y solidaria que aportó tiempo, trabajo, materiales, dinero, alimentos y difusión. Dea López declaró “No es un proyecto nuestro, es un proyecto de muchas personas”.
Es posible leer este posicionamiento colectivo como una estrategia de subversión del mito del “genio” en la historia del arte. La revisión crítica de las instituciones del arte desde una perspectiva feminista ha revelado “la subestructura romántica, elitista, de glorificación individual” que originó y consolidó las narrativas de los Grandes Maestros. Esta perspectiva pone en evidencia las condiciones sociales y materiales que hacen posible la creación artística.
Como resultado del trabajo colectivo se articuló una red afectiva y de cuidados. Al ser un proyecto independiente, esta red fue uno de los factores clave para que se llevara a cabo. Todo comenzó con la complicidad de las gestoras Dea López y Cassandra Sumano, quienes además son primas. Posteriormente, Diana Cuéllar, una profesora suya se sumó al proyecto para ofrecer un contexto histórico más preciso. El muro fue donado por doña Antonia, una vecina del barrio donde vive López.
Un primer grupo de amigas de las gestoras comenzó a divulgar la convocatoria y a participar. Estas amigas llevaron a más amigas y el grupo creció. A su vez, las madres de las mujeres que participaron llevaron agua, fruta y alimentos. También fue un espacio seguro para las infancias que acompañaron a sus madres, ya que mientras ellas pintaban, siempre había alguien dispuesta a cuidar a los hijos e hijas de la compañera.
Las gestoras refieren que durante el proceso de ejecución del mural se compartieron saberes y se colaboró de forma horizontal. Esto contribuyó a resolver los retos que se presentaron a nivel plástico y logístico como el armado de andamios.
Debido al gran número de mujeres presentes se articularon dinámicas adicionales a la realización del mural. Por ejemplo, se abrió un micrófono donde se leía poesía feminista. Además, durante y después del trabajo colectivo se articularon espacios de diálogo y escucha donde se compartieron distintas posturas sobre temas como las pintas en el espacio público, el acoso callejero, la maternidad y plataformas de denuncias tipo tendedero. De acuerdo con Dea López, “En la realización de este mural hubo muchos feminismos (…) esta lucha proviene desde muchas posturas, pero coincide en que estamos hartas y eso es muy poderoso”.
Las dinámicas y procesos que detonó el proyecto desbordaron a la acción plástica. De acuerdo con Cassandra Sumano “Construimos algo mucho más grande que no veíamos venir. Se construyeron lazos y vínculos. El proyecto, además del mural, se convirtió en esta red de mujeres de la ciudad de Oaxaca”. La red se mantiene en contacto por medio de un grupo de mensajería instantánea donde hay aproximadamente 100 mujeres. Utilizan este espacio para reportar situaciones de violencia de género en el espacio digital y oportunidades laborales.
A pesar de haber ocurrido hace casi ocho décadas, las implicaciones machistas de la cancelación del mural de María Izquierdo, encontraron eco en la actualidad. Hoy las mujeres todavía enfrentan experiencias de violencia en todos los espacios. El campo profesional no es la excepción. Ante este panorama, Cassandra Sumano apunta que la finalidad del proyecto era que surgiera “desde una estructura feminista, desde la sororidad, la construcción de lazos afectivos y la resistencia”. Lograron su objetivo.
Conclusión
Proyectos como “El mural que debió ser” revelan la potencia del artivismo para ofrecer una relectura del papel de las mujeres en el pasado, abrir espacios de encuentro y resistencia para las mujeres del presente y crear referentes para las mujeres del futuro.
La inclusión de este proyecto dentro de la historia del arte público mexicano es fundamental para crear nuevas narrativas que expresen con justicia las contribuciones de las mujeres a la sociedad. Nunca más una historia sin nosotras.
Lista de imágenes
- Participantes en la realización de “El mural que debió ser”, barrio de Jalatlaco, ciudad de Oaxaca, marzo 2021. Archivo Proyecto «El mural que debió ser».
- “La pintora María Izquierdo y los proyectados murales”, periódico ESTO, 27 diciembre 1945.
- María Izquierdo, “La Izquierdo vs. los 3 grandes”, periódico El Nacional, 2 de octubre 1947.
- Panorámica de la Plaza de la Constitución Ciudad de México, 1945. Fotografía Casasola. Mediateca INAH.
- María Izquierdo, Bocetos de figuras alegóricas de las artes para los plafones de la escalera monumental, 1945. Lápiz sobre papel, Acervo Museo de Arte Moderno, México.
- María Izquierdo, Anteproyecto de mural »El progreso de la ciudad de México» para la escalera monumental, 1945. Lápiz sobre papel, Acervo Museo de Arte Moderno, México.
- María Izquierdo, Anteproyecto de mural »El progreso de la ciudad de México» para el muro 3 frente a la escalea monumental, 1945. Lápiz sobre papel, Acervo Museo de Arte Moderno, México.
- Proyecto colectivo gestionado por Dea López y Cassandra Sumano, “El mural que debió ser”, Jalatlaco, ciudad de Oaxaca, marzo 2021. Archivo Proyecto «El mural que debió ser».

